Educar en la era digital: desafíos educativos con la generación Z
DOI:
https://doi.org/10.66827/ucmb.2026.v3.n1.020Resumen
Introducción
En la actualidad, la relación entre los jóvenes y la educación atraviesa una transformación tan profunda como inevitable. Las formas tradicionales de enseñanza, centradas en la clase magistral y la repetición memorística, parecen desfasadas frente a las demandas de una generación que ha crecido con un celular en la mano. Este ensayo propone analizar cómo la Generación Z reflexiona sobre las nociones de aprendizaje, profundización del conocimiento y rol del docente, dentro del contexto de un sistema educativo aún anclado en estructuras del siglo pasado. La hipótesis que orienta este análisis sostiene que los jóvenes de hoy no son menos capaces, sino que su entorno hiperdigitalizado ha transformado profundamente sus formas de aprender, lo cual exige un rediseño profundo tanto de los métodos pedagógicos como de los criterios de evaluación del saber.
Para sustentar esta propuesta, se abordarán cuatro ejes fundamentales: el cambio en la concepción del aula y el rol del docente; la multitarea como paradigma aparente del rendimiento; la superficialidad informativa frente a la sobreexposición de contenidos; y, finalmente, el uso crítico de la inteligencia artificial como herramienta de formación intelectual. A lo largo del ensayo, se utilizarán ejemplos cotidianos, referencias a autores como Prensky, Hart & Frejd, Nicholas Carr y Jim Taylor, entre otros, para contrastar miradas optimistas y críticas respecto a los hábitos de aprendizaje digital. Cabe aclarar que este ensayo toma como parte principal la sección del libro Gen Zeta: Conoce a la generación del momento del capítulo “Más informados, menos educados” (Centurión Acuña, 2024). El propósito de este trabajo no es caer en nostalgias pasadas ni glorificar el presente, sino reflexionar sobre cómo adaptarnos, como sociedad educativa, a un nuevo sujeto que no está menos interesado en aprender, pero que requiere caminos diferentes para lograrlo.
1. Rol del Docente
Durante décadas, la figura del docente como “poseedor del saber” fue incuestionable. Sin embargo, frente a una generación hiperconectada, esa autoridad se diluye. Los alumnos de hoy valoran, más que la erudición teórica, a aquellos profesores capaces de conectarse personalmente con ellos, que los escuchan, que integran experiencias reales y que utilizan las tecnologías como medio —no como fin— del proceso educativo. Mark Prensky, reconocido por acuñar el término “nativos digitales”, señala que los jóvenes actuales aprenden de formas muy distintas a las generaciones anteriores y que, por ello, necesitan docentes creativos que adapten sus métodos a esa lógica (Prensky, 2011).
Aquí no se trata solo de llenar las aulas con proyectores digitales o juegos digitales, sino de repensar cómo se construye el conocimiento. Bien lo decía desde su perspectiva Paulo Freire, que el proceso educativo se construye a partir de la “interacción entre el contexto del educando, los contenidos significativos y el vínculo dialógico entre los sujetos participantes”. O resumiendo la triada educativa de “contexto, contenido y vínculo” (Freire,1970). Para muchos estudiantes, lo más valioso no es el contenido en sí mismo, sino cómo ese contenido se relaciona con su vida real, quieren que lo aprendido construya un puente directo a su situación particular. Para los Universitarios, quieren encontrar la relación directa con su posible y potencial salida laboral y/o desarrollo personal/profesional. Por eso muchos preguntan ¿por qué tenemos Metodología o Comunicación? Y aunque estas materias y cualquiera otra tenga su porqué, ya no se pueden reducir a justificar a un simple “porque es importante”. Profundizando esto incluso podríamos remitirnos a la perspectiva freireana, no es posible una educación auténtica sin el reconocimiento de la dignidad humana y la construcción de relaciones pedagógicas respetuosas. Por eso ya se preocupaba en la realidad del educando, pero acá se abarca ese concepto de la conexión del contenido con la realidad cotidiana.
Dinámicas bien interactivas como debatir, compartir opiniones, interactuar, construir colectivamente, son ejemplos de que se puede enseñar sin necesariamente utilizar una tecnología innovadora y costosa. Se aclara que el punto no es desestimar eso, sino me adelanto a posibles cuestionamientos que se suele dar cuando nos referimos a jóvenes que cuesta “llamar su atención”. Ellos valoran a aquellos profesores que los tratan como personas, no como números de lista. En este sentido, la educación actual enfrenta un gran dilema: o se adapta a este nuevo sujeto, o se vuelve irrelevante.
La brecha generacional entre docentes y alumnos agrava esta situación. Mientras muchos profesores pertenecen a generaciones donde el conocimiento se transmitía linealmente y sin cuestionamientos, los jóvenes de hoy desafían constantemente la autoridad y esperan reciprocidad en el aula. Esta tensión, lejos de ser un obstáculo, puede ser una oportunidad: un docente dispuesto a aprender con sus alumnos, más que a enseñarles, puede convertirse en un verdadero guía. Un guía que modera, responde las inquietudes generales, aporta su experiencia en especial cuando necesita ejemplificar pero que también permite que aporten sus alumnos para conectar con sus realidades particulares. El docente que postula ser un constructivista deberá replantearse en más de una vez si sus metodologías son realmente la respuesta a ese modelo, o sigue siendo el “dueño del micrófono”. La labor del docente no será reemplazada ni por más informaciones tengan desde ChatGPT, porque seguirá apareciendo maestros guías que buscarán marcar vidas, enseñando de corazón a corazón para transformar vidas.
2. Atención dispersada
Uno de los rasgos más destacados (y también discutidos) de la Generación Z es su capacidad de realizar varias actividades en simultáneo. Se jactan de ver un video en YouTube mientras responden mensajes en WhatsApp y realizan su tarea escrita. Sin embargo, estudios como los citados por Hart & Frejd (2014) revelan que esta supuesta “habilidad” puede ser más bien un riesgo. El cerebro humano, cuando intenta realizar múltiples tareas cognitivas al mismo tiempo, pierde precisión, profundidad y capacidad de memoria (Hart &Frejd, 2014).
Jim Taylor afirma que solo en ciertas condiciones es posible una verdadera multitarea, y que la mayoría de los intentos de realizar varias tareas a la vez terminan en pérdida de tiempo o errores (Taylor, 2015). Por su parte, Nicholas Carr va más allá y advierte que internet ha moldeado un pensamiento más rápido, pero menos profundo. Procesamos más información, sí, pero ¿somos capaces de comprenderla? ¿De relacionarla críticamente? (Carr, 2010).
Muchos jóvenes sienten ansiedad si no están haciendo al menos dos cosas a la vez. Sin embargo, esta saturación no se traduce necesariamente en productividad. Al contrario, los vuelve más fatigados, menos atentos y con menor capacidad de reflexión. Como sostiene el neurólogo Guillermo Cánovas, no se trata de multitarea, sino de “alternancia continuada de la atención”, lo cual termina fragmentando el pensamiento en pequeñas dosis, incapaces de sostener un hilo argumental, que se ve reflejado en las clases (Cánovas, 2015).
La pregunta que nos hacemos al presentar esta situación es ¿cómo ayudamos a los jóvenes para que mejoren la concentración, en vez de estar saltando y saltando su atención con un poco retención? Propongo 3 posibles soluciones, nada nuevo e innovador, pero que son necesarios utilizarlos más de seguido en nuestras pedagogías en aulas:
El primero tiene relación al punto anterior, pero más específicamente a juegos de roles y en grupos. El aprendizaje activo y participativo es un arma eficaz, ayuda en involucrarles para que puedan concentrarse en sus respectivas tareas de investigador. Se pueden formar grupos de 3 a 4 integrantes, asignando roles como facilitador, expositor, investigador y secretario. Variando los grupos al azar como también con la libertad que ellos elijan a sus compañeros. Este tipo de ejercicios ayudará a que puedan de distintas maneras ser parte activamente del trabajo de investigación.
El segundo que tal vez sea un esfuerzo extra para los docentes, se trata de integrar la gamificación. Con juegos donde se pueda desarrollar contenidos, preparar preguntas y respuestas, hasta una competencia entre ellos, puede generar que estén totalmente enfocado en el juego-pedagógico, que sirve como herramienta de aprendizaje. Obviamente este tipo de dinámica tiene sus limitaciones como el tiempo que requiere preparar o incluso aspectos tecnológicos como una buena conexión a internet, celulares o incluso notebooks, pero si es posible, puede ser una muy buena alternativa.
Por último y hasta lo contrario de los dos primeros, se trata de promover “espacios de silencio reflexivo”. La idea es incorporar intencionalmente en la clase breves momentos de silencio guiado y reflexión personal, donde los estudiantes puedan escribir, pensar o simplemente estar en silencio durante unos minutos, sin estímulos externos. El fin de esto es que puedan conectarse con ellos mismos, guiados hacia un tema específicos. Para llegar a este clímax se puede utilizar alguna película inspiracional, algún episodio trágico del día a día o simplemente la exposición magistral del docente. Parece una tarea muy difícil con la descripción que hemos hecho sobre nuestros alumnos, pero para aquellos que todo el día tienen un “ruido” en su cabeza, un espacio de paz y reflexión, es un oasis mental.
3. Superficialidad informativa
La paradoja de nuestros tiempos es que nunca antes hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan difícil profundizar en algo. La Generación Z vive conectada a flujos interminables de noticias, videos, memes, clips, hilos y publicaciones que ofrecen entretenimiento, datos e incluso educación. Sin embargo, la mayoría de estos contenidos son efímeros, fragmentados y muchas veces descontextualizados. En una misma sesión de redes sociales, se puede pasar de una protesta en Gaza a un perrito vestido de payaso, y nada parece quedarse en la mente por más de dos minutos.
Esta sobreestimulación conduce a una especie de zombi digital, donde todo interesa superficialmente, pero nada se asimila de verdad. Se pierde la capacidad de sostener una conversación compleja, de argumentar con profundidad o de expresar una opinión propia que no sea una repetición de lo que se escuchó en un video. Lo grave no es no saber, sino creer que se sabe con solo haber visto un resumen o leído una publicación de Instagram.
En reuniones sociales, cuando alguien intenta hablar de un tema serio, no falta quien lo interrumpa con una ironía para “bajarle el tono”. La superficialidad se convierte en la norma, y pensar con profundidad, casi en un acto de rebeldía. Como señala el texto fuente de este ensayo: incluso quienes nos indignamos por una noticia grave, somos capaces de olvidarla al instante si el algoritmo nos pone un video gracioso. Esa falta de continuidad emocional e intelectual impide que nos impliquemos verdaderamente con los problemas que nos rodean.
Pero no todo está perdido. Así como internet puede alienarnos, también puede formarnos. El problema no es el acceso a contenidos digitales, sino cómo los usamos. Muchos jóvenes recurren a YouTube, Wikipedia, podcasts, TikTok y ahora la Inteligencia Artificial para entender temas académicos. Y eso no está mal, siempre y cuando se ejerza un pensamiento crítico. El valor no está en la plataforma, sino en la calidad de lo que se consume y en la actitud reflexiva de quien lo recibe (Gardner, 2014).
Por ejemplo, canales como Visual Politik, El Mapa de Sebas o Hipótesis del Poder brindan información útil, clara y contextualizada sobre temas geopolíticos, históricos y sociales. Para un joven que estudia otra disciplina o no tiene acceso a bibliografía especializada, estos recursos pueden ser una puerta de entrada valiosa. Claro está: no reemplazan la lectura profunda ni el estudio académico, pero tampoco deben ser desestimados por el solo hecho de no provenir del mundo impreso.
Además, la posibilidad de acceder a múltiples perspectivas en diferentes formatos y de distintos países democratiza el saber. Lo importante es enseñar —desde la escuela, la universidad o la familia a elegir bien las fuentes, a contrastar versiones, a buscar referencias. En otras palabras, a no aceptar sin más lo que ofrece el algoritmo. El desafío no es apagar internet, sino aprender a navegarlo sin ahogarse.
Conclusión
La Generación Z no está condenada a la ignorancia, pero sí enfrenta una lucha compleja: mantenerse enfocados, profundizar en los temas relevantes y aprender a convivir con un entorno digital que los sobre estimula constantemente. Para lograrlo, necesitan una educación que deje de resistirse al cambio y comience a rediseñar sus prácticas (Fumero, 2016). Los docentes ya no deben ser oradores, sino acompañantes. El aula ya no es solo un lugar físico, sino una red de experiencias. Y el conocimiento ya no se transmite, sino que se construye colectivamente.
Este ensayo ha mostrado que el multitasking, la fragmentación del pensamiento y el consumo superficial de contenidos no son fallas individuales, sino síntomas de una cultura que ha perdido la paciencia y el asombro. Sin embargo, también se ha destacado que, con las herramientas adecuadas, internet puede ser un alimento intelectual de calidad. Depende de nosotros —docentes, estudiantes, instituciones— generar espacios que estimulen el pensamiento crítico, la profundización y la reflexión personal.
En definitiva, no se trata de juzgar a la nueva generación, sino de comprenderla y acompañarla. Porque si algo ha quedado claro, es que están más informados que nunca. Pero para estar verdaderamente educados, necesitan tiempo, orientación y, sobre todo, guía de los más experimentados.